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Los califas omeyas reinaban sobre el Islam, un nuevo imperio de expansión fulgurante, y aspiraban a la hegemonía universal.
Eligieron el mosaico para adornar los monumentos que mandaban construir en Damasco y en Jerusalén, menos por razones de ostentación que por conformidad con el uso. Más bien llamativo, el mosaico nunca fue sinónimo de lujo supremo; en cambio, siempre ha evocado una idea paradisíaca.